Una reflexión sobre Eros, la transformación psíquica y los vínculos en la
cultura contemporánea.
Al encuentro: en una cultura donde los vínculos tienden a
volverse frágiles y reversibles, el encuentro con el otro
deja de ser una condición dada y pasa a convertirse en
una tarea psíquica y ética.
Vivimos en una época curiosa. Nunca habíamos contado con tantas formas de
comunicarnos y, sin embargo, pocas veces el encuentro humano había parecido
tan frágil. Podemos conversar con alguien al otro lado del mundo en cuestión de
segundos, pero muchas veces nos cuesta sostener una conversación profunda
con quienes tenemos al lado. Habitamos una sociedad hiperconectada, aunque no
necesariamente más cercana.
En la consulta psicológica esta realidad aparece con frecuencia. Personas que
anhelan vínculos significativos, pero que al mismo tiempo sienten miedo de
depender, de confiar o de permanecer. Relaciones que se inician con facilidad y se
rompen con la misma rapidez. Una profunda necesidad de intimidad conviviendo,
paradójicamente, con un intenso temor a ella. Como si entre las personas hubiese
comenzado a abrirse un espacio vacío. Un vacío difícil de describir, pero
ampliamente compartido.
Mi interés por comprender este fenómeno no es reciente. Comenzó hace más de
veinte años, durante mi investigación de tesis para optar título de psicóloga, sobre
pareja y teoría del apego. Desde entonces, la misma pregunta ha acompañado
silenciosamente mi trabajo clínico: ¿Qué ocurre al vincularnos? ¿Qué procesos
psíquicos se despliegan? ¿Cómo nos estamos vinculando hoy?
Durante mucho tiempo pensé que la respuesta podía encontrarse únicamente en
la historia personal de cada individuo. Sin embargo, con los años comprendí que
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la experiencia clínica dialogaba constantemente con algo mucho más amplio: una
transformación cultural que parecía atravesar nuestra forma de relacionarnos.
Hoy pienso que el desafío de los vínculos no puede entenderse solamente desde
la biografía individual. También expresa una tensión propia de nuestro tiempo.
Porque existe una paradoja que no deja de llamarme la atención, hemos
desarrollado capacidades cognitivas extraordinarias, como humanidad hemos
logrado avances científicos, tecnológicos y médicos que hace apenas algunas
décadas parecían impensables. Hemos expandido el conocimiento, aumentado
nuestra expectativa de vida y construido formas de comunicación capaces de
atravesar continentes en segundos. Y, sin embargo, pareciera que ese
impresionante desarrollo no ha ido acompañado por una evolución equivalente de
nuestra capacidad para encontrarnos, sociabilizar, hacer comunidad, colaborar.
Sabemos cada vez más acerca del mundo, pero aún nos falta mucho por aprender
cómo es estar con y junto a otro ser humano.
Esta idea me resulta especialmente significativa porque pienso que la capacidad
de vincularnos pertenece a nuestra condición más profunda. No es simplemente
una habilidad social que adquirimos con el tiempo ni una conducta aprendida por
imitación. Me gusta pensar que el encuentro pertenece al orden de lo arquetípico.
Nacemos orientados hacia el vínculo. Existe en nosotros una disposición originaria
que nos impulsa a buscar al otro, a establecer relaciones, a crear comunidad, a
amar y a ser amados. Relacionarnos es tan natural como moverse, hablar o
imaginar. Es biológico, pero también profundamente psíquico. Es constitutivo de lo
humano como ser social por naturaleza. Entonces la pregunta cambia por
completo, ya no se trata de preguntarnos por qué necesitamos a los demás, la
verdadera pregunta es otra:
¿Qué ha ocurrido para que aquello que nos es natural termine viviéndose
como una dificultad?
El vínculo: una disposición originaria
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John Bowlby (1989) definió el apego como un sistema motivacional innato que
impulsa al ser humano a buscar proximidad con figuras significativas desde el
nacimiento y a lo largo de toda la vida. Gracias a sus investigaciones
comprendimos que el vínculo no constituye un lujo afectivo ni una necesidad
secundaria, sino un requisito para el desarrollo psicológico, emocional e incluso
biológico. Necesitamos de otros para sobrevivir, pero también para aprender
a regular nuestras emociones, construir una identidad y desarrollar un
sentido de seguridad frente al mundo.
La evidencia acumulada durante las últimas décadas no ha hecho más que
confirmar esta premisa: el ser humano es, desde el comienzo, un ser
profundamente relacional.
Desde una perspectiva junguiana, me gusta pensar que el encuentro con el otro
no sólo responde a una necesidad biológica, sino también a una disposición
arquetípica de la psique. El vínculo pertenece a nuestra condición humana más
profunda. Hay en nosotros una tendencia espontánea a salir al encuentro del
otro, porque es precisamente allí donde comenzamos a descubrir quiénes
somos.
Tal vez por eso el aislamiento prolongado produce tanto sufrimiento,
constituyéndose en unos de los factores riesgos más preponderantes a enfermar
incluso morir. No sólo porque extrañamos la compañía, sino porque algo esencial
de nuestra vida psíquica necesita de la alteridad para desarrollarse y estar en el
mundo. Nos reconocemos en la mirada del otro, nos diferenciamos de él y, al
mismo tiempo, nos transformamos gracias a su presencia. El vínculo no constituye
un obstáculo para el desarrollo individual; es una de sus condiciones
fundamentales.
Entonces, si relacionarnos pertenece profundamente a nuestra naturaleza, y es la
clave para nuestro desarrollo ¿por qué pareciera que hoy nos resulta cada vez
más difícil sostener los vínculos?
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No creo que la respuesta sea simple ni única. Sin embargo, hay un aspecto que
considero fundamental.
Pienso que, como humanidad, hemos desarrollado de manera extraordinaria
nuestras capacidades cognitivas, pero no estoy segura de que nuestro desarrollo
emocional haya seguido el mismo ritmo. Sabemos muchísimo acerca del
funcionamiento del cerebro, pero todavía nos cuesta comprender nuestro propio
mundo afectivo. Disponemos de infinitas formas de comunicación y, aun así,
muchas veces no sabemos cómo expresar una necesidad, sostener un conflicto o
reparar una herida en una relación significativa. Hemos aprendido a controlar una
parte importante del mundo exterior, mientras nuestro mundo interior continúa
siendo, en muchos aspectos, un territorio desconocido.
No creo que la razón sea el problema. Gracias a ella hemos alcanzado avances
extraordinarios. La dificultad aparece cuando la conciencia racional ocupa
casi todo el espacio y deja cada vez menos lugar para otras formas de
conocimiento: la intuición, lo simbólico, la experiencia emocional y la
capacidad de dejarnos afectar por el otro.
Una cultura que nos invita a separarnos
La experiencia de los vínculos nunca ocurre en el vacío. Cada época imprime una
forma particular de comprender el amor, la familia, la amistad e incluso la manera
en que nos pensamos a nosotros mismos. Si bien la necesidad de relacionarnos
permanece constante, las condiciones culturales desde las cuales intentamos
satisfacerla cambian profundamente.
Tengo la impresión de que nuestra sociedad ha ido instalando, casi sin que lo
advirtiéramos, una forma distinta de comprender el vínculo, no se trata de un
cambio brusco, sino de una transformación silenciosa. Poco a poco comenzamos
a mirar las relaciones desde categorías que pertenecían principalmente al mundo
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del consumo: aquello que sirve o deja de servir, lo que satisface o decepciona, lo
que se conserva y lo que puede reemplazarse por algo aparentemente mejor.
Sin proponérnoslo, empezamos a evaluar los vínculos bajo la lógica del
rendimiento. Y cuando esto ocurre, el otro corre el riesgo de dejar de ser un sujeto
para transformarse en una experiencia que debe responder a nuestras
expectativas, como si fuese un objeto. Quizás por eso las frustraciones se vuelven
cada vez más difíciles de tolerar, porque el encuentro con otro ser humano
siempre implica diferencia, conflicto, espera, incertidumbre y, muchas veces, dolor.
No existen vínculos reales sin esas experiencias.
Sin embargo, vivimos en una cultura que nos promete justamente lo contrario:
rapidez, eficiencia, satisfacción inmediata y permanente bienestar. Tal vez ahí
comienza una tensión difícil de resolver. Las relaciones humanas tienen el ritmo de
los procesos vivos, y nuestra cultura, en cambio, funciona con el ritmo de la
inmediatez.
Diversos pensadores contemporáneos han intentado comprender este fenómeno.
Zygmunt Bauman, sociólogo y filosofo, alrededor del año 2000, consolidó el
concepto de la modernidad liquida, refiriéndose a una sociedad marcada por la
fluidez, la incertidumbre y la fragilidad de las estructuras sociales. En 2003 habló
del amor líquido, aplicando el concepto a las relaciones amorosas. El observó,
además, que la lógica del consumo terminó impregnando también la vida afectiva.
Los vínculos comenzaron a adquirir características similares a los objetos: pueden
elegirse, cambiarse y descartarse cuando dejan de responder a nuestras
expectativas.
Byung-Chul Han, filósofo surcoreano, entre año 2010 y 2019, ha escrito varios
libros que se topan con la idea de lo expuesto. En su libro La agonía de eros, Han
habla de la incapacidad que estamos teniendo para salir de una mismo y dejarse
trasformar por la diferencia del otro. La cultura contemporánea, centrada en el
rendimiento, el narcisismo y el consumo, debilita la apertura necesaria para
aquello. Eso después lo profundiza en su libro La expulsión de lo distinto, donde
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habla de cómo la cultura actual te invita y facilita la expulsión de la alteridad, en
lugar de encontrarnos con los que nos desafía o nos transforma, buscamos
aquello que se parece, nos valida, o podemos “consumir”.
A mi modo de ver, la psique entonces pierde sus principales vías de
transformación, el resultado, no es únicamente más soledad, sino un
empobrecimiento de la capacidad de amar como experiencia de apertura y
transformación.
El sociólogo británico Anthony Giddens (1991-1992) agrega otro matiz, plantea
que la modernidad tardía, liberó al individuo de estructuras sociales tradicionales:
la familia, la religión, los roles de género y las comunidades. Eso abrió
posibilidades inéditas de libertad, pero al mismo tiempo puso al individuo al centro
de la construcción de su propia historia. Hoy podemos elegir relaciones que,
durante siglos, estuvieron determinadas por mandatos familiares, económicos o
religiosos. Ese cambio representa una conquista invaluable. Sin embargo, la
misma libertad que amplía nuestras posibilidades también exige desarrollar
capacidades emocionales para las que muchas veces no hemos sido preparados.
Durante gran parte de la historia, las relaciones no se sostenían necesariamente
porque existiera amor. Permanecían unidas por las estructuras que organizaban la
convivencia. Hoy muchas de esas estructuras se han flexibilizado, y eso constituye
un enorme avance en términos de libertad individual. Pero esa libertad nos
enfrenta a una tarea completamente nueva. Por primera vez, sostener un vínculo
depende, en gran medida, de nuestra capacidad para dialogar, reparar, negociar
diferencias, tolerar frustraciones y construir intimidad. En otras palabras, la libertad
nos exige una madurez emocional que la cultura no siempre nos ha enseñado a
desarrollar. Y quizás esa sea otra de las grandes paradojas de nuestro tiempo.
Somos más libres que nunca para elegir con quién compartir la vida, pero esa
misma libertad nos confronta con la enorme responsabilidad de aprender a
construir aquello que antes sostenían las estructuras sociales. Las estructuras
tradicionales desaparecieron con rapidez, pero no fueron reemplazadas por otro
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organismo que regule las relaciones sociales o la comunidad. Tampoco ha habido
un desarrollo de una capacidad psíquica equivalente para sostener la
incertidumbre, elaborar conflicto y construir r sentido. Entonces, cuando la libertad
queda desacoplada de un proceso de desarrollo, solo queda vacío, confusión,
polarización. Porque incluso, aunque muchos han logrado desarrollar cierta
conciencia, e identificar con claridad aquello que no desean volver a vivir, lo que
eligen no continuar, se sienten profundamente desorientadas cuando intentan
imaginar lo una nueva manera de vincularse. Como si el abandono del territorio
conocido, aunque doloroso, sin contar todavía con un mapa para orientarse,
trajera ansiedad, angustia, desesperanza y vacío, en vez, de constituirse en un
terreno fértil para construir algo propio.
Eros: la fuerza que reúne lo que ha sido separado
Llegados a este punto, la pregunta ya no es únicamente qué nos ha ocurrido como
sociedad ni por qué los vínculos parecen atravesar una crisis. La pregunta es otra,
quizás más importante: ¿es posible volver a encontrarnos?
Quisiera pensar que sí.
Pero no porque el contexto vaya a cambiar rápidamente, ni porque algún día
desaparezcan las heridas que todos, en mayor o menor medida, cargamos. Lo
creo porque existe algo en la psique que continuamente se orienta hacia la
integración.
Desde la psicología analítica, Jung llamó Eros a ese principio vinculante. Con
frecuencia se lo asocia únicamente al amor o a la vida afectiva, pero su alcance es
mucho mayor. Eros es la capacidad de establecer relación. Es aquello que
conecta, aproxima, reúne y crea significado entre elementos que inicialmente
aparecen separados, no sólo une a dos personas, también aproxima aquello que
dentro de nosotros permanece dividido.
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Quizá por eso pienso que Eros no necesita ser creado. Tampoco aprendido.
Menos aún impuesto como un ideal de desarrollo personal. Eros ya forma parte de
nuestra naturaleza. Del mismo modo que el apego nos orienta biológicamente
hacia el vínculo, Eros expresa una orientación más profunda de la psique: la
tendencia a buscar unidad allí donde la experiencia ha dejado fragmentación.
Entonces la pregunta cambia nuevamente. No se trata de cómo fabricar Eros, sino
de qué es aquello que impide que pueda desplegarse plenamente.
Muchas veces son las experiencias tempranas de dolor las que interrumpen ese
movimiento espontáneo. Cuando el encuentro con el otro ha estado asociado al
abandono, invasión, humillación o miedo, la psique desarrolla formas de
protección indispensables para sobrevivir. Nos alejamos, desconfiamos,
controlamos, evitamos depender o levantamos barreras que, en algún momento
de la vida, resultaron profundamente necesarias. No son errores. Son intentos de
la psique por preservar la vida. Sin embargo, aquello que inicialmente protegió
también puede terminar limitando nuestra capacidad de volver a encontrarnos, no
porque hayamos perdido el impulso hacia el vínculo, sino porque ese impulso
quedó encapsulado, en sombra o como defensa.
Pienso que la transformación psicológica consiste precisamente en eso: no en
aprender a amar desde cero, sino en crear las condiciones para que aquello que
siempre estuvo en nosotros pueda volver a desplegarse.
La terapia, los vínculos seguros, la amistad, el amor, la experiencia estética, la
creatividad, la contemplación e incluso el encuentro con la naturaleza pueden
convertirse en espacios donde la psique recuerda algo que nunca terminó de
olvidar: que fue hecha para relacionarse, porque Eros no actúa solamente cuando
amamos a otra persona, también se manifiesta cuando una experiencia encuentra
palabras, cuando un dolor logra transformarse en símbolo, cuando una emoción
puede ser pensada en lugar de actuada, cuando una parte rechazada de nosotros
encuentra finalmente un lugar dentro de la conciencia. En ese sentido, Eros
también es una fuerza simbolizante.
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Mientras el trauma fragmenta la experiencia y deja aspectos de la vida psíquica
aislados unos de otros, Eros realiza el movimiento inverso: establece relaciones,
construye puentes y restituye continuidad allí donde antes sólo existía ruptura.
Quizá por eso el proceso terapéutico no consiste únicamente en comprender lo
que ocurrió. Consiste, sobre todo, en volver a relacionar: Relacionar el cuerpo con
la emoción, la emoción con la palabra, la historia personal con el presente, la
conciencia con aquello que permanecía inconsciente, el Yo con el Self; Y,
finalmente, a la persona consigo misma y con los demás. Sanar no sería otra cosa
que recuperar la capacidad de establecer relaciones allí donde antes sólo existían
fragmentos.
Tal vez esa sea una de las tareas más profundas de nuestra época.
Vivimos en una cultura que fragmenta: el conocimiento se especializa, las
comunidades se dispersan, las relaciones se vuelven transitorias y la vida
cotidiana nos empuja constantemente hacia la productividad y el rendimiento. Sin
advertirlo, esa misma lógica puede instalarse también en nuestro mundo interior,
haciendo que perdamos el contacto con aspectos esenciales de nosotros mismos.
Sin embargo, hay algo que continúa insistiendo: el alma. Existe en la psique un
movimiento silencioso que nunca deja de buscar sentido. Una tendencia que,
incluso después del trauma, del desencuentro o de la pérdida, sigue intentando
reunir aquello que quedó separado, esa insistencia constituye una de las
expresiones más profundas de Eros. Y quizás por eso invito a seguir creyendo en
el encuentro, porque después de muchos años escuchando historias de dolor, he
visto también cómo las personas recuperan lentamente la capacidad de confiar, de
amar y de dejarse transformar por otro, he visto cómo una conversación puede
modificar una vida, cómo una relación suficientemente segura puede cambiar la
manera en que alguien se experimenta a sí mismo, cómo una mirada distinta
puede devolver dignidad allí donde sólo había vergüenza.
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Esas experiencias me recuerdan una y otra vez que la fragmentación nunca tiene
la última palabra. Mientras exista la posibilidad de establecer una relación
auténtica, Eros seguirá encontrando caminos para expresarse.
Quizá el desafío de nuestro tiempo no consista únicamente en aprender nuevas
formas de relacionarnos. Tal vez la tarea sea más profunda: crear las condiciones
para que pueda desplegarse una capacidad que siempre nos ha habitado. Volver
a reconocer que el vínculo no es una habilidad opcional ni un lujo afectivo, sino
una expresión de nuestra naturaleza más profunda. Porque allí donde Eros logra
abrirse paso, algo comienza a reunirse. Y cuando eso ocurre, el encuentro deja de
ser solamente una experiencia entre dos personas para convertirse en una
posibilidad de transformación psíquica. Tal vez, entonces, vincularnos no sea
únicamente una necesidad humana. Quizás sea una de las formas más profundas
en que el alma continúa su camino hacia la totalidad.


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