Duelo: las pérdidas que nos transforman.
Perder algo de nuestra vida puede obligarnos a descubrir una nueva manera de habitarla.
Lo primero que deseo transmitir es que los duelos duelen. Parece obvio, pero cuando atravesamos una pérdida lo sentimos en lo más profundo de nuestro ser.
Los duelos pueden generar un dolor que se experimenta incluso corporalmente: duele el pecho, falta el aire, se comprime la garganta, el cuerpo entero puede quedar tomado por las sensaciones. La mente se confunde, se desorganiza y por momentos no sabemos qué hacer ni cómo reaccionar. El impacto puede ser tan grande que nada parece capaz de calmar esa ola de dolor. A veces son las lágrimas, los sollozos o incluso los gritos los que permiten aliviar algo de aquello que desborda.
Porque sin lugar a duda, puedo decir que la pérdida de un ser querido – una madre, un padre, un hijo, un hermano, un amigo – es una de las experiencias más desgarradoras que podemos vivir los seres humanos. Son figuras tan profundamente vinculadas a nuestra historia que su pérdida puede hacernos sentir que algo de nosotros mismos se fue junto con ellos. Sentimos que algo muere dentro de nosotros y aparece un dolor emocional difícil de poner en palabras, difícil de compartir y, muchas veces, difícil de ser comprendido.
El ánimo sombrío, la tristeza profunda y el desaliento pueden acompañarnos durante un tiempo. Incluso cuando algunas personas logran retomar prontamente sus actividades cotidianas, una parte de ellas puede permanecer sumergida en el dolor por lo perdido. Es posible experimentar una especie de división interna: mientras una parte de nosotros continúa funcionando, trabajando, cuidando y respondiendo a las exigencias de la vida, otra permanece detenida junto a aquello que ya no está.
Ahora bien, no todos los duelos responden a la muerte de un ser querido, aunque probablemente sea lo primero que imaginamos cuando escuchamos la palabra duelo. También hay duelos que responden a otro tipo de pérdidas, y de esas, tenemos muchas a lo largo de la vida. Incluso me atrevería a pensar que, en distintos momentos, todos atravesamos procesos de duelo, que tenemos que pasar por varias “muertes simbólicas” mientras recorremos nuestro propio camino de individuación.
Alguna vez, conversando sobre la niñez con una amiga y colega, me sorprendió una reflexión que hizo. Me dijo: “Crecer implica un constante duelo. Ese recién nacido ya no está cuando entra al jardín; ese niño ya no está cuando entra en la adolescencia… y así. La vida es vivir un constante duelo”. Su reflexión produjo en mí una verdadera resignificación de lo que hasta ese momento había entendido por duelo. En mi concepción anterior, el duelo estaba asociado principalmente a determinadas pérdidas y a algunas separaciones que habían sido muy dolorosas. Pero no me había detenido a mirar mi propia historia desde otro lugar: a reconocer los pequeños duelos, las pérdidas silenciosas y las transformaciones que también había atravesado.
Desde entonces, he comenzado a pensar el duelo de una manera más amplia. El duelo no solamente como la respuesta frente a la muerte, sino como un proceso psíquico que emerge frente a una pérdida significativa y que nos obliga a adaptarnos a una realidad que ha cambiado.
¿Qué es el duelo?
El duelo designa un estado psíquico que aparece ante una pérdida, define un estado afectivo. Implica un trabajo psicológico y emocional que produce modificaciones en nuestra manera de sentir, pensar, relacionarnos y experimentar el mundo.
Cuando sufrimos una pérdida – la muerte de un ser querido, perdidas gestacionales, una separación, una intensa desilusión, una enfermedad, un accidente, la pérdida de una identidad, de un proyecto personal o de una expectativa profundamente significativa – podemos experimentar un fuerte impacto emocional. Ese impacto puede expresarse de muchas maneras: tristeza, miedo, rabia, culpa, impotencia, abandono, ansiedad, confusión, sensación de vacío o, en determinadas circunstancias, incluso alivio. También puede manifestarse corporalmente: alteraciones del sueño, cambios en el apetito, cansancio, tensión, dificultades para concentrarnos o una sensación general de desorientación y desorganización.
Las distintas formas de pérdida
Hay pérdidas asociadas a cambios vitales: una separación o divorcio, una migración, la jubilación, la salida de los hijos del hogar, cambios laborales, una enfermedad o una discapacidad.
También existen pérdidas simbólicas: la pérdida de un proyecto, de una expectativa, de una identidad, de un futuro imaginado, de la seguridad o de una relación que continúa existiendo, pero que ya no es la misma. Incluso algunas transformaciones deseadas pueden contener un duelo: convertirse en madre o padre, por ejemplo, puede ser una experiencia profundamente significativa y deseada, pero también implica despedirse de una forma anterior de vivir.
Crecer supone adquirir nuevas posibilidades, pero también dejar atrás algunas de las formas en que fuimos. Por eso, no todas las pérdidas son visibles. Hay duelos que reciben reconocimiento social y otros que ocurren en silencio. Hay pérdidas para las cuales existen rituales de despedida y otras que debemos elaborar prácticamente en soledad. Y quizás algunas de las pérdidas más difíciles sean aquellas que los demás no alcanzan a reconocer, que son profundamente dolorosas y muy poco reconocidas y habladas por otros.
Cada vez que sufrimos una pérdida visible o invisible, perdemos algo de lo que fuimos, a veces debemos despedirnos de una versión de nosotros mismos, otras, debemos despedirnos de certezas, expectativas, vínculos, lugares, proyectos e imágenes de futuro. En cada despedida se produce un movimiento psíquico, que, si lo permitimos, da lugar a otra cosa, generándose la transformación. Para que esto se produzca requerimos que ciertas condiciones se presenten: la consciencia, el trabajo interno, los apoyos socioemocionales, los rituales, la conexión con lo espiritual, una concepción de la vida donde se incluye la muerte, creo que son algunas de los aspectos que ayudan a que este proceso sea parte de nuestro camino de individuación, donde podemos integrar la experiencia, y acercarnos a una manera más autentica de nosotros mismos como de la realidad.
En este sentido, el duelo puede convertirse en un momento profundamente transformador: una experiencia en la que la persona se ve obligada a reorganizar su mundo interno y, en ese proceso, puede descubrir aspectos de sí misma que antes no estaban disponibles.
Desde una perspectiva Junguiana, la elaboración del duelo requiere también de un ego capaz de tolerar aquello que inicialmente no puede comprender ni controlar. Cuando el ego puede flexibilizar su necesidad de encontrar rápidamente respuestas y permitir una apertura hacia las dimensiones más profundas de la psique, pueden emerger imágenes, sueños, recuerdos y símbolos que ayudan a expresar aquello que todavía no puede ser dicho en palabras. El símbolo puede entonces convertirse en un puente entre la experiencia vivida y su significado, permitiendo que aquello que nos desbordó encuentre progresivamente un lugar dentro de nuestra historia. En este sentido, elaborar el duelo no consiste solamente en comprender intelectualmente lo ocurrido, sino en permitir que la experiencia pueda ser transformada e integrada psíquicamente.
La pregunta entonces deja de ser solamente:
“¿Cómo vuelvo a ser quien era antes de esta pérdida?”
Y puede transformarse en:
“¿Quién puedo llegar a ser después de lo que me ha ocurrido?”
No existe una única manera de vivir un duelo.
Algunas personas necesitan hablar constantemente de lo ocurrido; otras necesitan silencio.
Algunas lloran mucho; otras casi no pueden llorar.
Algunas buscan compañía; otras necesitan aislarse durante un tiempo.
Una persona puede sentirse profundamente triste un día y experimentar momentos de tranquilidad o incluso alegría al día siguiente.
Por eso, no existe una única manera correcta de hacer duelo. El duelo no es una línea recta y no existe un tiempo universal para dejar de sentir dolor. Cada pérdida ocurre dentro de una historia particular y adquiere un significado particular y dependerá de muchos elementos de como sea procesado: el momento del ciclo vital, la salud física y mental al momento de vivir la perdida, las condiciones socioemocionales y socioeconómicas, el contexto y la cultura son algunos ejemplos de esos elementos y que darán o no ciertas condiciones y posibilidades para su elaboración.
Quizás en este punto se pregunten por las famosas o tan conocidas “etapas” del duelo. En efecto, cuando hablamos de duelo, es casi inevitable encontrarnos con el modelo de Elisabeth Kübler-Ross, quien describió en 1969, cinco respuestas frente a la experiencia de pérdida y de muerte: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. El modelo resulta interesante porque permite reconocer algunas de las experiencias que pueden aparecer cuando nos enfrentamos a una realidad que inicialmente resulta difícil de aceptar.
Podemos sentir incredulidad:
“Esto no puede estar pasando”.
Podemos experimentar rabia:
“¿Por qué tuvo que ocurrir?”
Podemos entrar en la negociación y pensar en aquello que podría haber sido diferente:
“Si hubiera hecho esto…”, “si hubiera ocurrido aquello…”.
Puede aparecer una tristeza profunda cuando la realidad de la pérdida comienza a hacerse más consciente.
Y puede llegar un momento en que podamos reconocer lo ocurrido y comenzar a reorganizar nuestra vida a partir de esa nueva realidad.
Ahora bien, estas respuestas no constituyen un recorrido obligatorio ni lineal. La misma autora, no planteó que todas las personas debieran pasar necesariamente por estas cinco etapas, en este orden y una sola vez. El duelo puede ser mucho más complejo. Podemos experimentar varias respuestas al mismo tiempo, regresar a una emoción anterior o no experimentar alguna de ellas. Podemos sentir aceptación y tristeza en un mismo día, podemos sentir rabia y amor simultáneamente, podemos estar avanzando en nuestra vida y, de pronto, volver a sentir intensamente la ausencia.
En 2019 el colaborador David Kessler, añadió una sexta etapa: Encontrar significado. Esta etapa representa a mi parecer, la dimensión espiritual y evolutiva de la psique, que conecta con algo planteado por Jung respecto a la función trascendente: esa capacidad de la psique para mediar entre dos polos opuestos, que en el caso del duelo sería, la devastación del dolor frente a la necesidad de seguir viviendo, entre esas dos polaridades puede emerger algo nuevo.
Revisando esto, creo que más que pensar las etapas como una escalera que debemos subir hasta llegar a la aceptación o al encuentro de significado, podemos comprenderlas como distintas formas en que el psiquismo intenta aproximarse a una realidad que ha cambiado.
Y esas distintas formas de aproximación hablan a mi modo de ver, de la idea de proceso. El duelo es un proceso, o sea deben pasar ciertas cosas en nuestro psiquismo para que surjan otras; debe haber una reorganización completa y compleja en nuestra psique (con todas las partes) para que genere un resultado o una manifestación.
El duelo como trabajo de elaboración
Una de las dimensiones más importantes del duelo tiene que ver con la elaboración.
Podríamos pensar la elaboración como una función psicológica que permite que aquello que hemos vivido pueda, progresivamente, volverse pensable y asimilable. Hay experiencias que, cuando ocurren, nos sobrepasan, son demasiado dolorosas, inesperadas, complejas o intensas. Nos llegan como un impacto que puede dejarnos confundidos, sin palabras, sin capacidad para comprender lo que está ocurriendo.
En esos momentos, la experiencia puede sentirse como algo que simplemente nos sucede, sin que todavía podamos encontrarle un lugar dentro de nuestra historia.
Elaborar implica entonces un proceso de transformación: aquello que inicialmente era puro impacto puede comenzar a adquirir palabras, imágenes, pensamientos y significados. Podríamos decir que el psiquismo realiza una especie de metabolismo de la experiencia. Lo vivido necesita ser procesado, digerido y transformado para poder convertirse progresivamente en parte de nuestra historia, no significa que dejemos de sentir, tampoco significa que olvidemos, significa que aquello que inicialmente nos desbordaba comienza, poco a poco, a encontrar un lugar dentro de nosotros.
En la medida en que este proceso de elaboración avanza, el dolor puede suavizarse. Quizás no desaparezca completamente, pero puede adquirir otra forma. Podemos comenzar a recordar sin quedar completamente arrasados por el recuerdo, podemos hablar de lo ocurrido, podemos volver a proyectarnos hacia el futuro, podemos comenzar a construir una relación diferente con aquello que perdimos.
Entonces habría que entender que el duelo no necesariamente termina cuando dejamos de sentir dolor. A veces se transforma cuando podemos vivir con aquello que ocurrió sin que la pérdida ocupe todo el espacio de nuestra vida.
Cuando no podemos elaborar una pérdida.
La elaboración no siempre ocurre o no siempre ocurre de manera sencilla. Cuando una experiencia resulta demasiado dolorosa o queda sin poder ser integrada, puede permanecer activa en nuestra vida psíquica y reaparecer de distintas maneras.
Freud distinguió entre duelo y melancolía en su texto Duelo y melancolía (1917). Mientras el duelo supone un trabajo psíquico mediante el cual la persona va elaborando la pérdida y logra poco a poco ir desprendiéndose de aquello que perdió; en la melancolía en cambio, el proceso de pérdida puede volverse profundamente ligada al propio yo, vale decir, la persona queda identifica con aquello perdido, al punto de poder perderse de sí mismo. Esta distinción sigue siendo importante porque nos recuerda que no toda forma de sufrimiento frente a una pérdida corresponde necesariamente a un duelo que pueda ser elaborado sin ayuda. A veces necesitamos acompañamiento profesional para poder transformar una experiencia que nos ha desbordado o cuando ha sido traumática.
Cuando una pérdida reactualiza otras pérdidas
Una persona nunca atraviesa una pérdida desde cero. Cada duelo ocurre dentro de una historia. Por eso, una pérdida actual puede reactivar duelos anteriores que parecían resueltos, olvidados o suficientemente elaborados. Una separación puede despertar experiencias anteriores de abandono, la muerte de alguien puede reactivar otras pérdidas, un cambio laboral puede tocar antiguas experiencias de fracaso o inseguridad. La pérdida de un proyecto puede conectarnos con otros proyectos que sentimos que no funcionaron.
En este sentido, el duelo puede convertirse en un momento de profunda reorganización psíquica: La persona necesita encontrar una nueva forma de organizar su mundo interno y externo a partir de una realidad que ya no es la misma.
Por eso podríamos decir que quien atraviesa un duelo se encuentra en un proceso de autoorganización. No se trata solamente de “volver a ser quien era”. Después de algunas pérdidas significativas, ya no somos exactamente quienes éramos antes. Y quizás tampoco debiera ser ese el objetivo. Hablamos de transformación precisamente porque no se vuelve a lo mismo, algo de lo vivido pasa a formar parte de nuestra historia, de nuestra memoria, de nuestra personalidad y de nuestra manera de mirar el mundo. Somos los mismos y, al mismo tiempo, ya no lo somos.
Acompañar el duelo
Quizás comprender esto también cambia nuestra manera de acompañar.
Cuando alguien está sufriendo, muchas veces aparece en nosotros el deseo de aliviar rápidamente su dolor. Queremos encontrar las palabras adecuadas, darle una explicación, animarlo, mostrarle que la vida continúa.
Pero acompañar no siempre significa saber qué decir.
A veces significa simplemente poder permanecer junto a alguien mientras atraviesa algo que no podemos reparar.
Podemos escuchar sin apresurar, podemos validar sin interpretar inmediatamente, podemos preguntar qué necesita la persona, podemos ofrecer ayuda concreta, podemos respetar sus silencios. Y, sobre todo, podemos evitar imponerle un tiempo.
Vivimos en una cultura en la que el dolor suele ser algo que queremos evitar rápidamente. Frente al sufrimiento de otra persona, muchas veces decimos frases que parecen ofrecer apoyo, pero que contienen implícitamente una expectativa: que la persona deje de sentir, que sea fuerte, que continúe, que vuelva pronto a la normalidad.
“No llores, que así no lo dejas ir”, “no llores, que te hace mal”, “ya tienes que superarlo”, “todo pasa por algo”, “sé fuerte”, “tienes que estar bien por…” “Al menos no sucedió…”.
Esas frases, aunque muchas veces nacen de una buena intención, pueden terminar convirtiéndose en una exigencia más que en un acompañamiento.
En cambio, podemos decir:
“Estoy aquí”.
“No sé exactamente cómo te sientes, pero quisiera acompañarte”.
“Conmigo no tienes que demostrar que estás bien”.
“¿Quieres hablar o prefieres que simplemente te acompañe?”.
“¿Hay algo concreto que pueda hacer por ti?”.
Porque quizás una de las formas más profundas de acompañar un duelo sea tolerar que el otro esté sufriendo sin exigirle que deje de hacerlo para que nosotros podamos sentirnos tranquilos.
¿Cuándo pedir ayuda?
El duelo es una experiencia humana, pero eso no significa que tengamos que atravesarlo siempre solos.
Hay situaciones en las que puede ser necesario buscar apoyo profesional de salud mental: cuando el sufrimiento es muy intenso o persistente, cuando existe un deterioro importante en la vida cotidiana, cuando aparecen ideas de muerte o suicidio, consumo problemático de alcohol u otras sustancias, síntomas que generan una gran desorganización, pérdida importante del contacto con la realidad o cuando la persona siente que no puede continuar con sus actividades básicas.
Pedir ayuda no significa que la persona esté haciendo mal su duelo, significa reconocer que algunas pérdidas necesitan más acompañamiento para poder ser elaboradas.
Una última reflexión: Así como en la naturaleza sucede en nuestro psiquismo.
La vida está llena de transformaciones, hay cosas que terminan para que otras puedan comenzar, hay versiones de nosotros mismos que necesitamos dejar atrás, hay proyectos que no llegan a ser, hay vínculos que cambian, hay personas que mueren y otras que permanecen de una manera diferente dentro de nosotros, y todo aquello está bien, es la naturaleza de las cosas. Quizás vivir no sea solamente aprender a ganar, construir y avanzar como nos dice el modelo imperante. Quizás como parte de lo natural es aprender a soltar, caer, crecer y transformar. Así como un tronco caído no desaparece, se convierte en madera nodriza, o las hojas secas caídas de los árboles se desintegran formando humus, lo que genera una capa de tierra rica y fértil. La muerte nunca es punto final, es un relevo de energía, la vida no destruye a la muerte y la muerte no detiene a la vida, ambas se alimentan mutuamente en un círculo infinito.
Desde una mirada budista, la muerte puede comprenderse como parte de la naturaleza impermanente de la existencia. Todo aquello que nace está sujeto al cambio, la separación y, finalmente, a la muerte. Esta perspectiva no pretende negar el dolor de la pérdida, sino ayudarnos a relacionarnos con él desde una mayor aceptación de aquello que no podemos controlar. Comprender la impermanencia puede permitirnos soltar progresivamente la exigencia de que las cosas permanezcan como fueron y, en medio del dolor, reconocer que haber amado también implica haber estado expuestos a la pérdida. Quizás aceptar la muerte como parte de la vida no haga que duela menos, pero puede ayudarnos a dejar de luchar contra aquello que no podemos cambiar y a permanecer más plenamente presentes con lo que sí está.


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